Thursday, March 31, 2016

NUESTRA RELACIÓN CON DIOS | Dr. Charles Stanley | 3/31/16

Al confiar en Cristo, una persona entra en una relación permanente con el Padre celestial. Como creyentes, tenemos la responsabilidad de mantenerla firme.

Primero, debemos aprender acerca de nuestra nueva familia. Una parte esencial y continua de la vida familiar implica conocer y ser conocidos por los otros miembros. En la Biblia, Dios ha dado una descripción detallada de sus atributos, valores y pensamientos. Y debido a que Jesús vino al mundo, podemos entender mejor el carácter de Dios. Al meditar en la Palabra, nuestra conciencia del Dios trino crecerá.

Segundo, debemos mantenernos en estrecho contacto con Dios mediante la oración y el estudio de su Palabra, y rechazar la tentación de poner a las personas, el trabajo o los placeres antes que a Él. Las relaciones florecen con la comunicación, pero se marchitan con el descuido.

Tercero, debemos responder a lo que Dios ha dicho. Él dio instrucciones para la vida, y enseñó lo que le agrada. En las familias sólidas, las personas se cuidan unas a otras. De la misma manera, necesitamos prestar atención a las advertencias del Padre celestial, y obedecer sus preceptos.

Por último, debemos volvernos cada día más semejantes a Dios. Si cooperamos con la obra transformadora del Espíritu Santo, empezaremos a pensar y actuar como nuestro Padre celestial.

Dios Padre proveyó la salvación a través de su Hijo, quien murió para que pudiéramos tener vida. Jesús nos dio un ejemplo a seguir: una vida de servicio compasiva y obediente. El Espíritu de Dios está haciendo su obra de santificación en nosotros 1 P 1.2).

Wednesday, March 30, 2016

LA INTIMIDAD CON NUESTRO PADRE CELESTIAL | Dr. Charles Stanley | 3/30/16

Desde el principio, la intención de Dios fue tener una relación personal y amorosa con nosotros. ¿Qué evidencia tenemos de ello?

Su Hijo. Una de las razones de la venida de Cristo al mundo es que conozcamos al Padre celestial y tengamos comunión con Él. La Biblia nos dice que Jesús es su representación exacta; sus palabras y sus obras fueron las mismas del Padre (Jn 5.19; 12.50). Por tanto, cuando miramos al Hijo, estamos viendo el carácter de nuestro Padre celestial.

Su invitación. Dios nos invita, por medio de la Biblia, a unirnos a su familia (3.16). Él se encargó de preparar cada uno de los detalles; a nosotros lo único que nos corresponde es aceptar la invitación.

Su adopción. El lazo más cercano que podemos tener unos con otros es la familia. En el momento de la salvación, el Señor nos adopta en la suya. Esta relación con nuestro Padre celestial dura por la eternidad, dándonos sustento, aliento y amor.

Su amistad. Al llamar “amigos” a sus discípulos (15.15), Jesús reveló un nuevo aspecto en cuanto a su relación, que se aplicaría también a sus futuros seguidores. Cristo es un amigo que nunca nos abandonará.

Su presencia. A partir del momento de nuestra salvación, el Espíritu Santo habita en nosotros. El Señor nos invita a ser miembros de su familia por medio de la fe en Cristo. Este es nuestro llamamiento supremo: creer en Él y vivir para Él todos los días de nuestra vida (20.31). Una vez que llegamos a ser hijos de Dios, su Espíritu obra en nosotros para hacernos más parecidos a su familia, en pensamientos, palabras y acciones.

Tuesday, March 29, 2016

LA CONSECUENCIA DE LA FALTA DE ORACION | Dr. Charles Stanley | 3/29/26

La oración es una prioridad para cualquier persona que desee ser usada poderosamente por Dios. Jesús se escabullía a menudo para tener momentos de quietud con su Padre. Si el Hijo de Dios necesitaba pasar tiempo en oración, ¡sin duda que nosotros no podemos vivir bien sin ella! Ayer vimos que quienes no buscan la ayuda de Dios se fatigan con cargas innecesarias. Hoy veremos los resultados de moverse penosamente en la vida bajo esas cargas.

Cuando alguien se agota espiritual, emocional o físicamente, se vuelve vulnerable al desánimo. Josué fue exhortado a meditar en la Ley porque su éxito dependería de seguir la voluntad de Dios (Jos 1.8, 9). Tener al Señor en el centro de nuestra atención crea confianza. Sin la oración y la lectura de la Biblia —que no pueden separarse— los creyentes caen en un círculo vicioso en que los problemas se hacen más grandes al tratar de darles una solución humana. Bajo tales condiciones, el desánimo es inevitable.

La pérdida de confianza es seguida pronto por la duda. El creyente que se sumerge en la oración y en la lectura de la Biblia hallará seguridad en el poder y en la presencia del Señor. Pero alguien que duda de la fidelidad de Dios buscará refugio en cualquier parte, menos en esas disciplinas. Al final, la persona se aparta de la voluntad de Dios, al tratar de encontrar una solución engañosa.

La consecuencia de no orar es el fracaso, pero la buena noticia es que se puede superar. Las medidas correctivas son sencillas: pedir perdón a Dios por no orar, y luego dar prioridad a un tiempo regular de quietud con el Señor. En esos momentos de comunión, Él hará más liviana las cargas, dará aliento y colmará a sus hijos de confianza.

Sunday, March 27, 2016

Por qué la resurrección sigue siendo importante |Charles F. Stanley | 3/27/16

¿Qué significa la resurrección de Cristo para usted? ¿Es simplemente un hecho del pasado con poca relevancia para el 2016?

Muchas personas ven el Domingo de Resurrección como una ocasión para vestir ropa elegante e ir a la iglesia. Es más que celebrar la tumba vacía, y después seguir viviendo como si nada hubiera pasado.

Ya que no vimos personalmente al Cristo resucitado después de su sepultura, imaginarse lo que fue aquella primera mañana de Pascua es difícil. Además, la familiaridad con la historia hace que sea fácil pasar por alto la maravillosa magnitud de lo que sucedió. Entonces corremos el riesgo de no dar importancia a la resurrección, y no darnos cuenta del impacto que sigue teniendo hoy.

En 1 Corintios 15.13-17, el apóstol Pablo nos da una idea de la importancia de la resurrección de Cristo, al referirse a lo que habría sucedido si no hubiera resucitado. Nuestra celebración de la Pascua sería una gran mentira, y nuestra fe no tendría valor. Lo peor de todo sería que todavía llevaríamos la culpa por cada pecado que hemos cometido —sin ninguna esperanza de perdón, salvación o vida eterna en el cielo. Si Jesús no hubiera resucitado, su muerte no habría logrado nada.

Sin la resurrección, la Pascua sería una gran mentira, nuestra fe no tendría valor, y la muerte del Señor no habría logrado nada.

Es por eso que la Pascua es una razón maravillosa para celebrar. Jesús murió en nuestro lugar para pagar una deuda demasiado costosa que no podíamos pagar. Su resurrección demuestra que el Padre celestial quedó satisfecho con su sacrificio y lo consideró suficiente para el perdón de todos nuestros pecados (1 Co 15.20-23). Y gracias a la victoria de Cristo sobre la muerte, seremos resucitados y recibiremos una herencia imperecedera reservada en el cielo. Esta esperanza nos permite regocijarnos cada día, incluso en medio de pruebas y sufrimientos (1 P 1.3-9).

Por tanto, si asistimos al servicio del Domingo de Resurrección, pero seguimos sin experimentar ningún cambio el resto del año, dejamos de ver el propósito de la resurrección. Cada día es una oportunidad para dejar que Cristo impacte nuestra manera de ser, ya que nos hemos “despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando cada día hasta el conocimiento pleno” (Col 3.10). En esencia, estamos mostrando la naturaleza de Dios con un corazón compasivo, bondadoso, humilde, manso, paciente, perdonador y amoroso ( Col.3:12-14).

La resurrección de Jesús debe también dirigir y motivarnos. Cristo dijo a sus discípulos: “Como me envió el Padre, así también yo os envío” (Jn 20.21). Después de haber visto al Señor resucitado y ser llenos de su Espíritu, aquellos primeros cristianos difundieron el mensaje de salvación por todo el mundo romano. El impacto de su testimonio fue tan grande que fueron descritos como “estos que trastornan el mundo entero” (Hch 17.6).

En esencia, estamos mostrando la naturaleza de Dios con un corazón compasivo, bondadoso, humilde, manso, paciente, perdonador y amoroso.

Hoy nos toca compartir el mismo mensaje, que ofrece perdón de pecados y vida eterna a todos los que creen. Ninguna otra religión tiene un líder que haya vencido la muerte.

Este mes usted celebrará la Pascua reunido con otros creyentes, cantando alegremente de la resurrección de Cristo, y escuchando una vez más la historia de la tumba vacía. Pero no permita que la familiaridad y las costumbres del día festivo le roben la maravilla y el agradecimiento por lo sucedido. En tanto que sigue regocijándose por la victoria de Jesús sobre la muerte, aguarde con confianza el día en que el Señor regresará y resucitará a todos los que hayan puesto su confianza en Él como su Salvador. Y siga creciendo en la vida nueva que Él le ha dado por el poder de su resurrección.

Friday, March 25, 2016

LA CRUZ DE CRISTO | Ann-Margret Hovsepian | 3/25/16

En los tiempos del Antiguo Testamento, las personas expiaban su pecado por medio de sacrificios de animales. Pero eso era una medida temporal, ya que la sangre de los toros y de los machos cabríos solo cubría el pecado sin quitarlo (He 10.4). Sin embargo, la ofrenda de animales apuntaba hacia la solución definitiva: la sangre derramada de Jesús en la cruz —el sacrificio perfecto y de una vez por todas para el perdón de los pecados.

El Calvario no fue una solución improvisada para corregir el sistema original; el plan desde el principio fue que Jesús diera su vida por nosotros (Mt 20.28). La Escritura dice que Dios nunca estuvo satisfecho plenamente con holocaustos, no importa cuánto le habían costado a la persona que buscaba el perdón (He 10.5-7). Para erradicar el pecado, había que ofrecer la perfección. Por eso vino Jesús (Fil 2.7, 8) —y por eso la cruz es un recordatorio del sacrificio más grande jamás hecho por amor.

La cruz es también un ejemplo que Cristo nos dejó. Cuando Santiago exhortó a los creyentes con las palabras: “Tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas” (Stg 1.2), probablemente recordaba cómo el Señor “por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz” (He 12.2). Jesús dijo a quién quisiera ser su seguidor: “Niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame. Porque todo el que pierda su vida por causa de mí, éste la salvará” (Lc 9.23, 24). Billy Graham dijo: “Fue lo mismo que decir: Ven y trae tu silla eléctrica contigo. Toma la cámara de gas, y sígueme”. Él no tenía en mente una hermosa cruz de oro, ni una cruz en la torre de una iglesia, o en la portada de una Biblia. Jesús tenía en mente un lugar de ejecución.

Dios no nos exige nuestra sangre para nuestra expiación, sino que quiere darnos vida de una manera diferente —como un sacrificio vivo (Ro 12.1), ofrecido en el servicio a su reino. La cruz de Cristo es más que el madero en el que su cuerpo fue clavado hace casi 2.000 años. Es más que un símbolo de lo que el Señor Jesús hizo por nosotros. La cruz debe ser un recordatorio constante de la deuda que tenemos para con Dios, y de la disposición de vivir para Él, o de morir por Él.

Thursday, March 24, 2016

LA MESA DE SANIDAD | Winn Collier | 3/24/16

Jesús sabía lo que estaba a punto de suceder. Sentía que la muerte y la oscuridad se cernían sobre Él, pero no se recluyó con el fin de prepararse para lo que vendría. Por el contrario, el Señor decidió pasar las horas finales con sus amigos alrededor de una mesa con pan, vino y valor espiritual . . . Jesús quería estar cerca de aquellos a quienes “amó hasta el fin” (Jn 13.1).

El evangelista Lucas señala que el Señor y sus discípulos se reunieron en el aposento alto para celebrar la Pascua. Allí, tuvieron una comida conocida como el Séder, cuya liturgia y alimentos simbólicos recordaban cómo Dios había liberado a Israel de la esclavitud en Egipto, aplastado los ejércitos de Faraón, y cuidado de los antiguos esclavos en el desierto, hasta que llegaron a la tierra que Él les había preparado como hogar. En cada Pascua, las familias judías volvían a contar la gran historia de la provisión y del rescate de Dios —un recordatorio de que Dios seguía estando con ellos, de que Él restauraría y sanaría espiritualmente a su pueblo una vez más.

Por eso, la comida de Jesús con sus discípulos contenía todos estos ecos de la historia de Israel, y avivaba de nuevo la fe de los suyos en la garantía de las promesas de Dios. En los días que vendrían después, esos hombres enfrentarían el abatimiento y la turbación. Heridos por el horror de la cruz, temblarían de miedo e indignación. Se aferrarían a la esperanza, a cualquier posibilidad de que la historia que Jesús había comenzado, aún no había terminado. Pero toda esta angustia estaba por venir. Por ahora, Jesús comía y bebía con sus discípulos, y trataba de explicar a sus desconcertados amigos cómo iba a derramar su cuerpo y su vida por la sanidad de ellos.

Al ofrecer esta copa y este pan partido, Jesús sabía que su muerte iba a cumplir lo que el profeta Isaías había anunciado —que serían necesarias sus heridas para que fuéramos curados (Is 53.5). Aunque los discípulos no fueron capaces en ese momento de comprender el significado de sus palabras, nuestro Salvador presentó la promesa de morir y después resucitar de entre los muertos a favor de ellos, y de los que creamos en ella.

Wednesday, March 23, 2016

EL VINO | Matt Woodley | 3/23/16

En esa primera Cena del Señor, Jesús tomó el vino y dijo: “Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mt 26.28). Una vez más, esas palabras debieron haber sorprendido a los que las escucharon. Todo judío conocía la larga historia de pactos en los que Dios repetía: Me seréis por pueblo, y yo seré vuestro Dios. Eso sonaba bien en teoría, pero un lado de ese pacto —nuestro lado, en caso de que usted se lo esté preguntando— fallaba siempre en su cumplimiento. Por eso, a lo largo de toda la Biblia, Dios siguió prometiendo que habría un pacto más, no para abolir sino para dar cumplimiento al antiguo pacto.

Ahora, con la copa de vino de la Pascua en su mano, Jesús declaró lo impensable: Que ese nuevo pacto había llegado, en ese mismo momento, en Él. Jesús resumió ese pacto con estas palabras: “Esto es mi sangre . . . que es derramada por muchos”. Es por usted, y por mí, y “por muchos” —así como Jesús es el cordero “que quita el pecado del mundo” (Jn 1.29).

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Jesús pide también una respuesta de parte nuestra: “Bebed de ella todos”. No dijo: “Piensen en esto” o “esfuércense más para ganarlo”, sino “beban”.

Situémonos en esta escena. Al igual que los discípulos, hemos fallado. Ninguno de nosotros es justo, pero seguimos defendiendo y manteniendo nuestra “inocencia”. Como todos los discípulos, hemos traicionado —o traicionaremos— al Hijo de Dios; sin embargo, allí está Él, no solo comiendo y bebiendo con nosotros, sino además ofreciendo su vida y su sangre para salvarnos. Las palabras en Jeremías 31.34 de este tan largamente esperado pacto: “Perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado” se están cumpliendo en ese momento ante nuestros ojos.

Es un regalo perfecto que nos deja completamente maravillados. Pero, con el vino, Jesús pide también una respuesta de parte nuestra: “Bebed de ella todos” (Mt 26.27). No dijo: “Piensen en esto” o “esfuércense más para ganarlo”, sino “beban”. Así es la fe. En otras palabras, al igual que la copa de vino, la salvación está allí para usted. Jesús la sostiene en sus manos y se la ofrece. Pero tiene que creerla, abrir su corazón, y recibirla —y tomarla hasta el fondo, hasta el centro de quién es usted. Así que, “Bébala, todo su ser”.